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Por Edwing López
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¿O no sabéis
que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido
bautizados en su muerte?
(Romanos 6:3).
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En mi tiempo de estudio
personal estaba leyendo Romanos capítulo seis. Un capítulo muy
interesante que nos habla de la importancia de darle muerte al pecado,
para que podamos vivir una vida agradable como creyentes delante del
Señor Jesús. Rápidamente llegaron algunas preguntas a mi mente;
¿Basta con hacer una confesión de fe para recibir la vida eterna?
¿Basta con experimentar el bautismo en agua en el Nombre de Jesucristo
para ser salvos? ¿Basta con serle fiel a la iglesia u organización a
la que pertenecemos para ser salvos? Puedo seguir haciendo preguntas
concernientes al tema de la salvación que muchos han creído, pero la
verdad al final de cada contestación es que muchos creyentes
todavía practican el pecado y no le han dado muerte. La verdadera
salvación la encontramos cuando le damos muerte al pecado.
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¿Qué, pues,
diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En
ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos
aún en él? (Romanos
6:1-2). Es precisamente aquí donde el apóstol Pablo desafía la idea
errónea de que los creyentes pueden continuar en el pecado y sin
embargo permanecer a salvo de la condenación eterna debido a la gracia
y misericordia de Dios. El Apóstol está hablando claro cuando dice
que uno tiene que morir al pecado antes de que pueda vivir en Cristo
Jesús. Cuando el verdadero creyente le da muerte al pecado es
trasladado del reino del pecado a otro reino de vida, con Cristo.
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Cuando uno experimenta la
muerte física rompe toda ligadura con la vida natural. Esto incluye
la familia, amigos y posesiones, todo es dejado aquí en la vida
terrenal. Ahora espiritualmente hablando cuando el creyente muere a
la vida antigua de pecado, rompe con toda ligadura que tenía con la
vida de pecado, de manera que pueda vivir la nueva vida en Cristo
Jesús. El apóstol Pablo mismo había muerto al pecado cuando dijo:
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya
no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo
vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo
por mí” (Gálatas 2:20).
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El verdadero creyente se ha
separado definitivamente del pecado, esto quiere decir que no
continuará viviendo en pecado. En otras palabras a la inversa, si
práctica el pecado, no es creyente verdadero.
“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo
Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados
juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como
Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también
nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente
con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de
su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue
crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea
destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos
6:3-6).
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La salvación es un regalo
provisto por Dios. Su regalo de vida en el Espíritu Santo convierte
al hombre en una nueva criatura. Romanos 6:3-5 muestra, que cuando el
hombre muere al pecado por el arrepentimiento, debe simbolizar esta
muerte al ser bautizado (sepultado) en la muerte de Cristo invocando
el Nombre de Jesucristo para perdón de los pecados. El bautismo para
el creyente es símbolo de sepultura y resurrección con Jesucristo.
Cuando este va acompañado de arrepentimiento verdadero el bautismo es
parte del rechazo del pecado y de entrega al Señor Jesús. Uno no
puede ser bautizado antes de arrepentirse, así como tampoco puede
ser sepultado antes de morirse. Después que hay un arrepentimiento
genuino, la persona cambia completamente la vida antigua de pecado
cuando es sepultado en las aguas del bautismo con Jesucristo y
levantado a nueva vida.
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“Porque el que
ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo,
creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo
resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más
de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; más
en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos
muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor
nuestro” (Romanos
6:7-11).
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El apóstol Pablo sigue
diciendo, que los que no han recibido el verdadero plan de
salvación son esclavos del pecado. Éstos viven satisfaciendo las
pasiones de su naturaleza pecaminosa. Los creyentes verdaderos,
aquellos que le han dado muerte al pecado, cuando sienten la tentación
de pecar, tienen poder para actuar según la voluntad de Dios.
Aquellos que actualmente dicen ser creyentes y practican el pecado
son esclavos del pecado, han entrado una vez más en la muerte
espiritual que produce la esclavitud del pecado. Nuestro Señor
Jesucristo con su muerte, murió a la influencia del pecado; con su
resurrección, triunfó sobre el poder que éste tenía. Asimismo, los
que están unidos con Jesucristo en su muerte están libres del poder
del pecado para llevar una vida nueva.
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“No reine,
pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en
sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al
pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos
a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios
como instrumentos de justicia.
Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la
ley, sino bajo la gracia”
(Romanos 6:12-14).
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Ya que el pecado ha sido
destronado, no podemos permitir que reine en nuestro cuerpo
nuevamente. El pecado intenta reinar mediante los deseos del cuerpo y
luchará contra la obra del Espíritu para llevarte a la muerte
espiritual. El verdadero creyente tiene que usar sus miembros para
realizar obras de justicia al Señor. Tenemos que vivir una vida
cristiana en este cuerpo mortal. Nuestro cuerpo mortal pertenece al
Señor Jesús, así como también nuestro espíritu y alma.
“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del
Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y
que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio;
glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los
cuales son de Dios” (1 Corintios 6:19-20).
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El Apóstol Pablo sigue
hablando sobre este tema de “Muertos al Pecado” y nos pregunta:
“¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos
bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera. ¿No sabéis que
si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos
de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la
obediencia para justicia? Pero gracias a Dios, que aunque erais
esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de
doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado,
vinisteis a ser siervos de la justicia. Hablo como humano, por
vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis
vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así
ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la
justicia. Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres
acerca de la justicia” (Romanos 6:15-20).
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Algunos creyentes en los
días de Pablo pensaban que ya que la gracia perdona el pecado, no era
necesario tener cuidado de resistir el pecado. El apóstol responde
que cada creyente debe reafirmar y renovar constantemente su decisión
de resistir al pecado y seguir a Jesucristo. Es exactamente lo que
estamos viendo en estos días donde a muchos le hacen creer que con
solo decir “te acepto Jesucristo como mi Salvador personal”, ya
son salvos y su nombre está escrito en el libro de la vida. Sabemos
muy bien por las escrituras que los que no se someten al
señorío de Jesucristo y no se oponen al dominio del pecado en su vida
personal no tienen derecho a referirse a Jesucristo como su Salvador;
“Ninguno puede servir a dos señores”
(Mateo 6:24).
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“¿Pero qué
fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis?
Porque el fin de ellas es muerte. Mas ahora que habéis sido
libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro
fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga
del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo
Jesús Señor nuestro”
(Romanos
6:21-23).
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El Apóstol Pablo concluye
este capítulo seis de Romanos enseñando acerca del fruto y el galardón
de una vida cristiana victoriosa. El fruto de la vida antigua es el
pecado, y su paga es la muerte eterna. El fruto de la vida nueva en
Jesucristo es la santidad, sin la cual nadie verá al Señor (Hebreos
12:14-15). El galardón del cristiano que le ha dado muerte al pecado
es vida eterna en la gloria. Los pecadores llegarán al lago de fuego
y azufre como resultado de su vida de pecado; mas el redimido del
Señor será recompensado por el don de Dios con vida eterna. En otras
palabras nadie puede ganar o merecer lo que es un regalo gratuito de
Dios; la salvación de nuestras almas no es por obras sino que es un
don de Dios.
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¿Qué, pues,
diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En
ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos
aún en él? (Romanos
6:1-2).
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¡Qué
nuestro Señor Jesucristo le bendiga ahora y siempre!
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Atentamente:
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Edwin
López / Presidente
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Iglesia Pentecostal La Senda Antigua de Estados Unidos
Te invito a que escuches Radio La Senda Antigua.
http://www.lasendaantigua.com/home.htm
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