Por
Edwing López / lasendaantigua@aol.com
“Y estas señales seguirán a
los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas
lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa
mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos,
y sanarán” (Marcos 16:17-18).
Saludo en el Glorioso Nombre de Jesucristo a
todos mis hermanos y amigos quienes visitan diariamente nuestra
Website. Hoy quiero compartir contigo un estudio bíblico que me
llevó a escudriñar muchos versículos sobre el tema de las Señales y
los Milagros. Todo comenzó cuando me hice tres preguntas importantes
para tratar de entender este tema.
¿Ha pasado la época de los milagros? ¿Eran los
milagros para la iglesia durante sus primeros cien años? ¿Por qué la
iglesia de hoy ha descuidado esta gran demostración del poder de
Dios? Las Escrituras enseñan con claridad que nuestro Señor
Jesucristo quiere que sus seguidores hagan señales milagrosas en Su
nombre mientras el evangelio del reino es anunciado. Las pruebas
bíblicas hablan por si solas al respecto.
“Jesucristo es el mismo ayer, y
hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8). La
verdad de que Jesucristo no cambia es ancla segura de la fe.
Significa que los creyentes de hoy no deben sentirse satisfechos
hasta que tengan la misma demostración de poder y autoridad que
distinguió a Jesús y la iglesia primitiva mientras predicaban el
reino de Dios.
“Y estableció a doce, para
estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen
autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios”
(Marcos: 3:14-15). Jesucristo les dio
ejemplo a sus discípulos sobre el propósito de su ministerio en la
tierra. Jesucristo vino a la tierra a destruir las obras del diablo
y poner en libertad a los oprimidos por Satanás y el pecado. Él les
dio a sus seguidores el poder y la autoridad para continuar la
batalla que Él había librado contra las fuerzas de las tinieblas.
Después que Jesús nombró a los doce discípulos, les dio autoridad
para echar fuera demonios, les dio autoridad para vencer todo el
poder del enemigo, les dio autoridad para sanar toda enfermedad y
toda dolencia.
“Entonces llamando a sus
discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que
los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia”
(Mateo 10:1). Está claro que Jesús quiere
que sus seguidores libren la batalla contra las fuerzas del mal
echando fuera a los espíritus inmundos y sanando a los enfermos. Se
considera esa demostración de autoridad mediante la confrontación
espiritual, una manifestación continua del reino de Dios en la
tierra.
“Y los envió a predicar el
reino de Dios, y a sanar a los enfermos” (Lucas 9:2).
Jesús ha enviado a sus discípulos a representarlo mediante la
palabra y los hechos. Los autores de los evangelios ponen muy en
claro que el mandamiento de Jesús a predicar el reino de Dios casi
nunca se dio aparte del mandamiento a sanar a los enfermos y
expulsar a los demonios. No hay duda que la presentación del
evangelio hoy día debe de ir acompañada de la misma demostración del
Espíritu y poder a fin de confrontar el desafío de Satanás en estos
últimos días. Este fue el mensaje y la norma de la iglesia
primitiva. ¿Está la iglesia de hoy experimentando el poder de Dios
como lo vieron y experimentaron los primeros creyentes? Sino es
así, mi pregunta para usted es, ¿Por qué no?
“Volvieron los setenta con
gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre.
Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí
os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones y sobre toda
fuerza del enemigo, y nada os dañará. Pero no os regocijéis de que
los espíritus se os sujetan, sino de que vuestros nombres están
escritos en los cielos” (Lucas 10:17-20).
Jesús les dio a sus discípulos autoridad sobre serpientes y
escorpiones. Estos son términos que representan las fuerzas más
peligrosas de la maldad espiritual. Pero también Jesús les advierte
a los discípulos que no se enfoquen en alegrarse solamente por el
éxito de su ministerio y el poder sobre los demonios, sino que el
verdadero gozo debe de ser producto de nuestra redención del pecado
y sobre nuestra esperanza de vida eterna.
“De cierto, de cierto os digo:
El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun
mayores hará, porque yo voy al Padre” (Juan 14:12).
Nuestro Señor Jesucristo desea que nosotros como sus hijos hagamos
las cosas que Él hizo. “Aun mayores” incluye el evangelismo personal
y la realización de milagros. Todo lo que pidiéremos en Su Nombre Él
lo hará.
“Y estas señales seguirán a los
que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas
lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa
mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos,
y sanarán” (Marcos 16:17-18).
Esas señales que hacen los discípulos verdaderos
confirman que es genuino el mensaje del evangelio, confirman que ha
venido a la tierra con poder el reino de Dios, confirman que
Jesucristo el resucitado acompaña a su pueblo y obra por medio de
él. Esas manifestaciones espirituales deben de continuar en las
iglesias de hoy hasta que vuelva Jesucristo. Las Escrituras nos
dejan ver con mucha claridad que estas señales seguirán a la iglesia
aun después de la resurrección de Jesucristo. Es importante notar
que las señales siguen a la iglesia y no la iglesia a las señales.
Esas señales son para todos los que han creído en
el poder y autoridad de nuestro Señor Jesucristo. Para todos los
creyentes que en obediencia a Él, dan buen testimonio y se han
apropiado de sus promesas. La falta o ausencia de esas señales en
muchas iglesias modernas de hoy, no indica que Jesucristo haya
incumplido sus promesas. Él afirma que la falta está en el corazón
de sus seguidores.
“¡Oh generación incrédula y
perversa! ¿Hasta cuando he de estar con vosotros? ¿Hasta cuando os
he de soportar? Traédmelo acá” (Mateo 17:17).
Este texto refleja el concepto de Jesús respecto a los discípulos y
las iglesias que dejan de ministrar a los demás en el genuino poder
del reino de Dios. Cuando se deja de liberar a los oprimidos por
Satanás se demuestra la falta de fe, la falta de conocimiento y la
falta de autoridad espiritual. Nuestro Señor Jesucristo quiere que
su iglesia demuestre la autoridad y poder que Él nos ha dado a
través de Su Santo Espíritu. Para esto hace falta la fe, la oración
y el ayuno, tres cosas que muchos han descuidado hoy.
“Vinieron entonces los
discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos
echarlo fuera? Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto
os digo, que si tuvieres fe como un grano de mostaza, diréis a este
monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible.
Pero este género no sale sino con oración y ayuno” (Mateo 17:19-21).
La fe de la que Jesús nos habla es una fe genuina. Es una fe que
puede mover montañas, realizar milagros y sanidades, y llevar a cabo
grandes cosas para Dios. Es una fe eficaz que produce resultados, es
una fe en Dios. La fe genuina es una obra de Dios dentro del corazón
del creyente. Incluye una conciencia divinamente impartida al
corazón de que las oraciones son respondidas. Es importante que nos
acerquemos a Dios, a Su Palabra, y sobre todo profundizar la
consagración y la confianza en Él. Esa fe llega cuando se depende de
Él para todo; “Yo soy la vid, vosotros los
pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho
fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan15:5).
Bueno mis hermanos, espero que este estudio sea
de gran bendición a su vida. Me he deleitado en la Presencia de Dios
organizando estos versículos para poder compartirlo contigo. Creo
que hay una gran necesidad de entender este tema tan importante para
para la iglesia de hoy.
¡Que el Señor Jesucristo le bendiga ahora y
siempre!
Atentamente:
Edwing López / Presidente
Iglesia Pentecostal La Senda
Antigua
Phoenix, Arizona, Estados
Unidos
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