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Por Edwing López
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“Elegidos
según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para
obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os
sean multiplicadas” (1 Pedro 1:2).
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La palabra santificación
significa hacer santo, consagrar, separar del mundo, y apartar del
pecado para tener íntima comunión con Dios y servirle con gozo. La
Palabra de Dios cuando habla de santificación se expresa en
términos tales como:
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“Amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu
mente” (Mateo 22:37).
Esto es lo que el Señor nos pide a todos los que hemos aceptado su
salvación, amor ferviente. Ese amor exige una actitud en la que Dios
sea tan estimado y apreciado que de veras se desee su comunión, se
haga el esfuerzo por obedecerle y con sinceridad se busque su honra y
voluntad en la tierra.
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“Para que sean
afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de
Dios nuestro Padre…” (1 Tesalonicenses 3:13).
El Apóstol Pablo consideraba que sería una tragedia si al retorno de
Cristo algunos dentro de la iglesia se encontraran viviendo en pecado
o en tibieza. En vista de la venida de nuestro Señor Jesucristo, hay
que ser “irreprensibles en santidad” según el modelo bíblico.
Es preciso entregarse de todo corazón al Señor y separarse de todo lo
que ofende.
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“Y el mismo
Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu,
alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro
Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 5:23).
La oración final del Apóstol Pablo para los creyentes de Tesalónica
fue que sean santificados para la venida de nuestro Señor Jesucristo.
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“Así que,
amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda
contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el
temor de Dios”
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(2 Corintios
7:1). El cristiano
verdadero debe apartarse por completo de toda forma impía y resistir
continuamente los deseos pecaminosos del cuerpo. Hay que darle muerte
a las obras pecaminosas, odiarlas cada vez más y huir de ellas.
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“Pues el
propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y
de buena conciencia, y de fe no fingida” (1 Timoteo 1:5).
La meta suprema de toda instrucción de la Palabra de Dios no es el
conocimiento bíblico en sí, sino una transformación moral interior que
se expresa con amor, pureza de corazón, limpia conciencia y fe no
fingida, es decir sin hipocresía. Esto lo hacemos mediante el amor
que el Espíritu Santo de nuestro Señor ha derramado en nuestros
corazones abundantemente y por medio de la confianza plena en la
Palabra de Dios.
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“Para que
aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para
el día de Cristo” (Filipenses 1:10).
La palabra “sincero” significa “sin ninguna mezcla del mal”;
“irreprensible” significa “que no ofende” a Dios ni a
otra persona. Tal santidad debe ser la meta suprema de todos los
creyentes. Estos serán “sinceros e irreprensibles” para el día
del retorno de Cristo.
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“Y libertados
del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia. Hablo como
humano, por nuestra humana debilidad; que así como para iniquidad
presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la
iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros
para servir a la justicia” (Romanos 6:18-19).
El Apóstol Pablo nos dice que ya que el pecado ha sido destronado,
debe oponerse resistencia constante a los esfuerzos por reanudar el
dominio. Debido a que el pecado intenta reinar principalmente
mediante los deseos del cuerpo, los que tienen fe en Cristo deben
resistir esos deseos. Esto se puede lograr absteniéndose de
satisfacer los deseos del cuerpo, negándose a poner parte del cuerpo a
disposición del pecado, y ofreciendo el cuerpo y toda la personalidad
como esclavos de Dios y de la justicia.
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“Porque todo lo
que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha
vencido al mundo, nuestra fe: (1 Juan 5:4).
La fe que vence al mundo es la que ve las realidades eternas, conoce
el poder de Dios y le ama tanto que los placeres pecaminosos del
mundo, los valores seculares, las costumbres impías y el materialismo
egoísta no solo, pierden su atractivo para los creyentes, sino que
también ellos los contemplan con disgusto y pena. A esa actitud la
Palabra de Dios le llama santificación.
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Todos estos versículos nos
enseñan claramente la rectitud moral de carácter santificado en la
pureza, la obediencia y la conducta intachable. Los creyentes por la
gracia de Dios, hemos muerto al pecado por medio de Cristo Jesús, y
ahora somos libres del poder y del dominio del pecado para que vivamos
en santificación. A fin de realizar la voluntad de Dios en la
santificación, todos los creyentes debemos participar en la
obra santificadora del espíritu dejando de hacer lo malo, limpiándonos
de toda clase de contaminación de carne y espíritu y conservándonos
limpios de la contaminación del mundo.
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La verdadera
santificación requiere de nosotros como creyentes, que mantengamos
una íntima comunión con nuestro Señor Jesucristo. Que nos dediquemos a
la oración, obedezcamos la Palabra de Dios, seamos sensibles a la
presencia y cuidado de Dios, amemos la justicia y odiemos la maldad,
le demos muerte al pecado, nos sometamos a la disciplina de Dios y
seamos llenos del Espíritu Santo. Concientes de todas estas cosas nos
presentamos a Dios como sacrificios vivos para poder vivir cerca de
Él. Llenos de Su Santo Espíritu, de gracia, de pureza, de poder y de
victoria para llevar una vida de santificación que agrada a Dios.
¿Ahora entiendes lo que es la
Santificación?
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“Elegidos
según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para
obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os
sean multiplicadas” (1 Pedro 1:2).
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¡Que nuestro Señor
Jesucristo le bendiga rica y abundantemente ahora y siempre!
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Atentamente:
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Edwing López / Presidente
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Iglesia Pentecostal La
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