LA CONVERSIÓN DEL CARCELERO

 

Por Edwing López / Presidente LSA 

Una vez más saludo a todos mis hermanos y amigos de La Senda Antigua.    Hoy quiero compartir contigo la preciosa experiencia de la Conversión del carcelero de Filipos. 

Pablo y Silas visitaron la ciudad de Filipos , la cual era parte de Macedonia.   Allí se convirtió una mujer llamada Lidia y fue bautizada.  Como siempre el diablo estaba furioso por este precioso avivamiento y comenzó a moverse usando a una muchacha la cual tenía un espíritu de adivinación. 

Esta muchacha estaba siguiendo a los siervos de Dios,  mientras ella anunciaba con su espíritu de adivinación,  que Pablo y a Silas eran ministros verdaderos del camino de la salvación.  Y esto lo hacía por muchos días;  mas desagradando a Pablo, éste se volvió y dijo al espíritu:  Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella.  Y salió en aquella misma hora. 

Sinceramente al apóstol Pablo no le gustó la idea de que el diablo le estuviera anunciando, y aunque la muchacha decía la verdad, el evangelio en ese momento estaba sufriendo daño por lo que ella decía,  ya  que sus palabras bajaban el Evangelio de la verdad al nivel de sus adivinanzas. 

Finalmente Pablo se cansó de ella y mandó que el espíritu demoniaco saliera de ella.  Pero viendo sus amos que había salido la esperanza de su ganancia, prendieron a Pablo y a Silas, y los trajeron al foro, ante las autoridades;  y presentándolos a los magistrados, dijeron: Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad,  y enseñan costumbres que no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos romanos.  ¡Como siempre el diablo es el padre de la mentira y de la difamación contra los siervos de Dios! 

Y se agolpó el pueblo contra ellos; y los magistrados, rasgándoles las ropas, ordenaron azotarles con varas.  Después de haberles azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad.  El cual, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo, (Hechos 16:19-24).  El castigo con azote de varas era muy cruel y doloroso,  este despegaba la piel de la espalda y producía heridas muy profundas, provocando gran pérdida de sangre. 

Los magistrados habían hecho todo esto sin hacer ninguna investigación sobre los cargos en contra de los apóstoles.  El calabozo donde fueron encarcelados era un hoyo obscuro, húmedo y sin ventanas.  Allí adentro con las espaldas a carne viva y sangientas,  los apóstoles sufrían el dolor, el cual debió ser insoportable. 

Pero lo grande de este relato es que en vez de gemir y quejarse, o meramente sufrir en silencio y compadeciéndose, los predicadores del Nombre de Jesús oraban y cantaban alabanzas a Dios.  Se dice que la hora más oscura es la medianoche y fue a esa hora obscura,  mientras ellos alababan y cantaban que llegó la liberación. 

Dios sacudió los cimientos de la prisión con un gran terremoto que abrió todas las puertas y soltaron las cadenas de todos los encarcelados. El terremoto despertó al carcelero,  quien viendo las puertas abiertas pensó que los presos habían escapado.  Con su mente nublada a causa de la gran responsabilidad que tenía en su trabajo.

El carcelero sacó su espada y cuando estaba a punto de suicidarse,  escuchó la voz de Pablo quien le grito desde el calabozo:  “No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí.”  Con estas palabras, el carcelero,  pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas, a quienes él había tratado tan cruelmente la noche anterior  y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?  Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.  

Sabemos que el terremoto no hizo temblar al carcelero,  sino la voz de autoridad y llena de unción del apóstol Pablo.  “ Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa.  Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos.  Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios,  (Hechos 16:32-34). 

¿Se imagina usted los pensamientos que pasaban por la mente del carcelero cuando este lavó las heridas de las espaldas de los siervos de Jesucristo?  Todo esto por causa de mí Salvador y Señor Jesucristo.  Todo esto para que mi familia y yo,  recibiéramos la salvación.  ¡Gracias  Señor Jesús por rescatarme! ¡Gracias Señor Jesús por despertarme! ¡Gracias por encender una luz en mi vida! 

En este relato bíblico de la cárcel de Filipos sucedieron varios milagros.  El terremoto que abrió las puertas de la cárcel ciertamente fue un gran milagro.  El hecho de que Pablo sabía que el carcelero iba a suicidarse fue también un milagro,  porque él se encontraba en un calabozo donde no había luz.  Esto fue una manifestación de la Palabra de Sabiduría, uno de los dones espirituales.  Fue también un milagro que ningún preso escapó.  Pero el milagro más grande fue la conversión del carcelero filipense. 

¿Qué se nos dice acerca de cómo fue salvo este hombre? 

Este hombre reconoció su necesidad.  Pidió instrucciones.  Se le dijo que creyera.  Lavó las heridas de los Apóstoles demostrando arrepentimiento.  Se bautizó enseguida.  Se regocijó creyendo en Dios. 

Jesús dijo al dar la comisión:  “El que creyere y fuere bautizado será salvo;  mas el que no creyere será condenado”  (Marcos 16:16). 

(Algunos datos y comentarios han sido recopilados del escritor Ralph Vincent Reynolds).

 

Que nuestro Señor Jesucristo te bendiga ahora y siempre.

Atentamente: Rev. Edwin López / Presidente

Iglesia Pentecostal La Senda Antigua

Phoenix, Arizona, Estados Unidos


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DE REGRESO A ESTUDIOS BIBLICOS

 

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