Por Edwin López
“Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu
tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que
te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y
engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te
bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en
ti todas las familias de la tierra” Génesis 12:1-3.
La Biblia comienza la historia de una sola
familia escogida por Dios a fin de traer redención a la raza humana.
La cabeza de esa familia fue Abraham (más tarde llamado Abraham),
que vivió aproximadamente 2,100 años antes de Cristo. El padre de
Abram lo fue Taré y Abram era del linaje de Sem y se convirtió en el
padre de la nación judía.
A Abram no se le dijo en ese momento adónde Dios
lo llevaría. En lugar de eso, tenía que viajar bajo la dirección
directa del Señor. Dios se proponía tener a un hombre que lo
conociera y le sirviera con fe sincera. De ese hombre saldría una
familia que conocería, enseñaría y guardaría los caminos del Señor.
De esa familia saldría una nación escogida, compuesta de personas
que se separarían de los malos caminos de las demás naciones para
hacer la voluntad de Dios. Una nación especial para redimir y salvar
la humanidad. De esa nación saldría Jesucristo, el Salvador del
mundo, la prometida simiente de la mujer. “Y pondré enemistad entre
ti y la mujer, entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá
en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15).
Hay varias cosas que me llaman la atención
acerca del llamamiento de Abraham. Yo les llamo principios.
Principios que debemos entender todos los que hemos sido llamados
por nuestro Señor, tanto individual como la iglesia en general.
Principio #1. Dios establece la Separación:
Cuando Dios llama a Abram en 12:1 le hace una
llamado a separarse de su tierra, de su parentela y de la casa de su
padre, a fin de ser extranjero y peregrino sobre la tierra. “Pero
Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y
de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré”. En Abraham
Dios estaba estableciendo el importante principio de que su pueblo
debe separarse de todo lo que sea un estorbo a su propósito para la
vida de ellos.
Principio #2. Dios hace una Promesa:
Dios le prometió a Abraham una tierra, una gran
nación por medio de sus descendientes, y una bendición que
afectaría a todas las naciones de la tierra. Esta promesa se sigue
cumpliendo en la actualidad en la proclamación misionera del
evangelio de Jesucristo. “Vosotros sois los hijos de los profetas, y
del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En
tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra” (Hechos
3:25). “Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por
la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham,
diciendo: En ti serán benditas todas las naciones. De modo que los
de la fe son bendecidos con el creyente Abraham” (Gálatas 3:6).
Principio #3. Una Patria Celestial:
El llamamiento de Abraham no solo abarcaba una
patria terrenal, sino también una celestial. Su visión llegó a
abarcar un hogar definitivo ya no en la tierra sino en el cielo, y
una ciudad cuyo arquitecto y constructor era Dios mismo. De aquí en
adelante Abraham deseó y buscó una patria celestial donde habitaría
para siempre con su Dios en justicia, gozo y paz. “ Por la fe habitó
como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando
en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa;
porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y
constructor es Dios” (Hebreos 11:9-10). “Pero anhelaban una mejor,
esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse
Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad” (Hebreos 11:16).
Principio #4. Obligaciones:
El llamamiento de Abraham no sólo incluía
promesas sino también obligaciones. Dios exigía tanto la obediencia
de Abraham como la entrega personal a Él como Señor a fin de recibir
lo que fue prometido. Esa obediencia y entrega tenía que ir
acompañada de confianza en la Palabra de Dios, aun cuando la
realización de las promesas pareciera humanamente imposible.
Abraham tenía que obedecer a la orden de Dios de irse de su hogar.
Por último Abraham tenía que hacer un sincero esfuerzo por llevar
una vida recta. En otras palabras, solo ocurrirán las promesas y
los milagros de Dios cuando su pueblo procura llevar una vida de
obediencia, una vida intachable y mantiene el corazón dispuesto para
Él. Es por eso que Dios establece un pacto con Abraham, en donde
Dios cumpliría sus promesas y Abraham cumpliría con sus
obligaciones. “Era Abraham de edad de noventa y nueve años, cuando
le apareció Jehová y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda
delante de mí y sé perfecto. Y pondré mi pacto entre mí y ti, y te
multiplicare en gran manera” (Génesis 17:1-2).
Conclusión: El
cumplimiento de las promesas y bendiciones de Dios se ofrecen no
sólo a sus descendientes físicos, sino también a todos los que en
verdadera fe aceptan y siguen a Jesucristo, la verdadera simiente de
Abraham. “Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos
de Abraham” (Gálatas 3:7). Todos los que tienen fe como la fe de
Abraham son “hijos de Abraham” y son bendecidos con él. Los
verdaderos creyentes se convierten en el linaje de Abraham,
herederos según la promesa que incluye recibir “por la fe”. “…Para
que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los
gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del
Espíritu” (Gálatas 3:14). Recibir el Espíritu Santo en nuestras
vidas es tener justicia, vida y todas las otras bendiciones
espirituales.
Que el Señor Jesucristo te bendiga rica y
abundantemente.
Atentamente:
Edwin López / Presidente
Iglesia Pentecostal La Senda Antigua
Phoenix, Arizona, Estados Unidos
Escucha Radio La Senda Antigua
Las 24 horas del día.
www.lasendaantigua.com